La Costera de Alhama
LOS AÑOS VIVIDOS. Habitada desde el neolítico, Pedro Cascales saca a la luz la historia de esta pedanía situada entre el río Guadalentín y la umbría de Carrascoy
JOSÉ MARÍA GALIANA
El término costera tiene dos acepciones: la que alude a la costa y la que se refiere a una pendiente. En esta ocasión, la Costera de Alhama toma el nombre de la suave pendiente de la sierra de Carrascoy. De no ser por Los Ventorrillos, conjunto de ventas emplazadas en un cruce de caminos, la Costera de Alhama sería un lugar de paso para quienes circulan por la bien asfaltada carretera de Murcia a Mazarrón con la intención de bañarse en sus playas.
Pedro Cascales, autor de Vecinos de la Costera (1777/1950), publicación que se hace eco de la historia pormenorizada de esta pedanía alhameña, recuerda que, no hace tanto, la carretera era «un camino de piedras y polvo lleno de roderas de los carros, flanqueado de pinos que daban sombra al viajero y hacían más llevadero el trayecto en los días de verano. La carretera se veía larga, muy larga, blanca, interminable, y su silencio solamente era alterado alguna vez al cabo del día por el paso de algún vehículo al que seguía una nube de polvo».
Despoblada prácticamente hasta la desamortización de Mendizábal, fueron labradores y jornaleros de Librilla los que crearona finales del siglo XVIII los primeros núcleos de población en esta costera, tierras habitadas desde epoca neolítica a tenor de los testimonios arqueológicos. También durante la dominación musulmana, a la vista de los torreones semiderruidos de Ínchola y de Comarza que se comunicaban con los castillos de Alhama y de Librilla.
Situada en la vertiente noroeste de la Sierra de Carrascoy, entre las pedanias de El Cañarico y Las Cañadas, La Costera se mete en el alma a poco que descubras las casas-cueva construidas en el cauce de una rambla, los bancales de alfalfa, los cimientos del Molino de la Trinidad, varado en el cauce reseco del Guadalentín, uno de los cinco molinos harineros que tenía Alhama el siglo pasado, los eucaliptos que dan sombra al palomar, el caserío de Martín Rodríguez, las balsas, los tarays, el cortijo de Gañuelas, la fuente de las Zorras, Comarza, las paleras, los cabezos y barrancas, las azabaras, los campos yermos....
Ahora, en las estribaciones de la sierra de Carrascoy, a uno y otro lado del legendario camino de Andalucía hay una vasta y tupida alfombra de limoneros, y en menor medida de naranjos, almendros, frutales de hueso y uva de mesa. Las aguas del trasvase Tajo-Segura y el riego por goteo han verdecido estas tierras de labor que hasta hace sólo unas décadas fueron testigo del paso cansino de rebaños trashumantes de Aragón y de La Mancha que venían a hacer la invernada.
Un dinosaurio
Desde las sierras del Algarrobo, Espuña y Ricote se aprecia nítidamente el lomo de dinosaurio que caracteriza a la sierra de Carrascoy, desde cuya cima, a 1.065 metros de altitud, se divisa la totalidad del campo de Cartagena, el Mar Menor y el Mediterráneo, la falla del Guadalentín y el valle del Segura.
Surcada por una vereda de carne que desde Valencia se adentra en el campo de Cartagena, otro camino, el de San José, atravesaba las estribaciones de Carrascoy y unía los dispersos caseríos del Escribano, Gañuelas, del Caño, de Linares, Martín Rodríguez, Ínchola, Fuente del Pino y las dos Comarzas, bien público que, en algunos tramos, se ve ahora interrumpido por cadenas y roturaciones; algunos hombres tienden a alterar o apropiarse de los espacios comunes sin el menor rubor, otra cosa es que la Administración haga caso omiso de estas infracciones en el entorno paisajístico y arqueológico más importante de la sierra de Carrascoy.
La Costera de Alhama no es ajena a la proliferación de ciudadanos de la CEE que adquieren casas de campo semiderruidas y las restauran fieles a la arquitectura de la zona. En espacios tan distintos y distantes como el Campo de San Juan (Moratalla), los Llanos del Cajitán (Mula), Tallante (Campo de Cartagena) y la sierra de Carrascoy, es muy alto el número de ingleses, afincados definitivamente en la geografía murciana.
Junto al decapitado torreón de Ínchola, en un cabezo rodeado de chumberas, han edificado una casa rural, y unos metros más abajo sale al paso el ya citado caserío de Martín Rodríguez, prototipo de arquitectura tradicional donde se agrupaban varias familias en torno a un patio común, y compartían el horno, el aljibe, las cuadras para el ganado y una pequeña huerta regada con agua de una mina: el cereal y los frutos se guardaban en los trojes de las salas altas.
Pedro Cascales nació en La Costera y añora el campo en silencio, las tardes de verano, el paso de las caballerías, la llegada del quinquillero, la burra cargada de aguaderas y cántaros, la balsa del Caño, el olor a pan caliente, los días de trilla en las eras....
Al comenzar la guerra civil, los vecinos de La Costera trabajaron en la construcción de un áerodromo militar que, durante cuatro años, los evadió de la rutina. Formaban la guarnición cien hombres y en el campo de vuelo había una veintena de aviones biplanos y sesquiplanos.
La Costera de Alhama no se entendería sin los Ventorrillos. Benito Carrasco abrió la primera venta con posada en 1887, aunque antes ya se despachaba vino recio en las del Jumillano, El Rabioso y La Mata. Inmunes al paso del tiempo, estos ventorrillos remozados cumplen la función de reunir a la vecindad y compartir sus buenos arroces con conejo y caracoles. Que no es poco.
Fuente: Diario "La Verdad"
25/10/2006
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